by Mora Salzman | Dec 29, 2022 | Constelaciones Familiares, trauma
Parte 8
“¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón” Fito Páez
¿Cuáles son los ingredientes del remedio que entre todos podemos crear? Probablemente podríamos escribir varios libros sobre nuestros recursos. Cada disciplina, cada teoría, cada tradición o cultura tiene los suyos. Es una alquimia compleja, ya que no todos necesitamos lo mismo, ni tenemos las mismas creencias; tampoco tenemos los mismos condicionantes internos o externos, ni vivimos las mismas situaciones o tenemos los mismos intereses.
Sin embargo, siguiendo el mapa de nuestro sistema nervioso, hay algunos recursos de regulación que podríamos considerar universales. De diversas maneras, múltiples disciplinas-desde las más ancestrales hasta las más contemporáneas-, trabajan con prácticas que integran cuerpo-mente, miradas que abordan a los conflictos desde una perspectiva integradora e interdisciplinar, anclando la teoría en prácticas y hábitos cotidianos.
Existe una serie de categoría de recursos internos y externos. En primera instancia, necesitamos cubrir los recursos que cubren necesidades materiales básicas como por ejemplo la alimentación, la posibilidad de dormir bajo un techo y de tener cobijo, que son la base para que los demás recursos se puedan desarrollar. Luego podríamos decir que existen recursos psicológicos, espirituales, naturales, creativos, relacionales y somáticos. Probablemente esta categorización puede ampliarse y modificarse. Sin embargo, quiero referirme aquí a algunos de ellos que considero muy valiosos en mi propio proceso personal y profesional.
Nuestra aliada incondicional es en primer lugar la respiración. Reguladora por excelencia, nos permite relajar nuestro sistema nervioso y traernos al presente. Si uno de los efectos del trauma es la hiperactivación (en donde el sistema nervioso simpático toma el control), la respiración nos vuelve a conectar con nuestro sistema parasimpático, trayendo sensación de seguridad y anclaje.
La naturaleza en todas sus expresiones es otra gran reguladora de nuestro sistema nervioso. Reconectar con ella es hacerlo con nuestra naturaleza interna, encontrando nuestro propio ritmo, nos permite enraizarnos y ampliar nuestra base. Estar en contacto con la tierra y el agua, tomar la energía del sol, contemplar la belleza de una flor, escuchar el canto de los pájaros, hacer huerta o jardinería, son algunas de las tantas formas de tomar de nuestra madre tierra.
El arte, presente desde los comienzos de la humanidad, es un gran dínamo transformador de nuestras vivencias: danzar, cantar, pintar, escribir, actuar, etc. En todas y cada una de sus expresiones, el arte es un instrumento de resiliencia magnífico.
Las prácticas contemplativas, meditativas o de atención plena, son esenciales a la hora de trabajar con muchos de los efectos de los traumas individuales y colectivos. Si hay fragmentación, hiperactivación, indiferencia, polarización, incongruencias entre lo que sentimos, hacemos y pensamos, fracturas relacionales y tantas otras consecuencias de estas heridas de la humanidad, el hábito de crear un espacio interno es esencial. Aquí podemos incluir, además de las disciplinas que trabajan desde la quietud, aquellas que lo hacen desde el movimiento como el Yoga, las danzas circulares o las artes marciales, la danza Butoh, entre muchas otras.
CONTINUARÁ…
by Mora Salzman | Nov 24, 2022 | Constelaciones Familiares, trauma
Esta ampliación del concepto del trauma y sus efectos colectivos, para muchos implica un cambio de paradigma. En esta cultura occidental en las que estamos inmersos, la vista se ha posado tanto en el individuo -con sus logros y fracasos, con sus virtudes y defectos-que hemos olvidado a la comunidad, a los vínculos que nos sostienen y constituyen para que podamos desplegar nuestro potencial personal. Sentirnos parte de este colectivo es mucho más que hablar o teorizar sobre él. Es conectar con nuestra fibra más íntima, es romper con la indiferencia y la anestesia social, es tomar responsabilidad de nuestros actos y sus consecuencias hacia nuestras relaciones, es volver a la conexión con la naturaleza y su equilibrio, es recuperar la conciencia de grupo que los pueblos originarios una y otra vez nos ayudan a recordar, a través de su forma de ser y estar en la vida. Los sudafricanos tienen una palabra que describe esta filosofía de vida: Ubuntu, que en sus variadas traducciones significa soy porque nosotros somos, o una persona se hace humana a través de las otras personas.
El trauma puede quedar congelado en nuestro cuerpo durante mucho, mucho tiempo. Este almacenamiento es energía de vida encapsulada. Es decir, hay partes nuestras que no están presentes ni disponibles para nuestras relaciones, para el despliegue de nuestra creatividad, para transitar una vida saludable, etc., sino que están detenidas en un espacio y tiempo pasado, adormecidas y a la espera de algo o alguien que haga contacto con ellas, que las mire y vuelva a integrarlas.
De la misma forma, en nuestro cuerpo colectivo habitan capas y capas de traumas congelados. Hechos que fueron tan abrumadores que no pudimos digerir y en nuestro día a día, caminamos sobre estas energías encapsuladas en el tiempo sin tener consciencia sobre ello. Uno de los efectos del trauma es que se vuelve “lo normal”, el filtro a través del cual miramos y nos relacionamos con el mundo.
¿Cuál es la llama que derrite este pasado? ¿Es posible sanar nuestra memoria traumática de manera colectiva?
El efecto del trauma en un cuerpo colectivo es el mismo que en un cuerpo individual: polarización, fragmentación, híper o hipoactivación, imposibilidad de hacer contacto, indiferencia, incoherencia entre el pensar-sentir-hacer, incomunicación, inacción, repetición de un mismo patrón relacional, etc.
Es preciso crear espacios colectivos para la integración de nuestro pasado. Crear redes de sistemas nerviosos que se corregulen mutuamente, que resuenen en una misma vibración superadora del nivel en donde el trauma se generó. Las instancias individuales son muy necesarias y reparadoras, pero tal vez no suficientes. El proceso de atestiguar colectivamente es parte del proceso de reparación, parte de la solución.
CONTINUARÁ…
by Mora Salzman | Nov 10, 2022 | Constelaciones Familiares, trauma
“La gente no necesita una definición del trauma; lo que necesita es una expresión experimental de lo que siente” Peter Levine.
El trauma es una respuesta inteligente de nuestro sistema nervioso ante una situación abrumadora. No es el hecho en sí mismo, sino lo que no pudimos procesar de ese hecho. Cuando nuestro sistema nervioso no puede activarse como respuesta al estrés vivido a través del sistema de lucha, defensa o fuga de nuestro sistema nervioso simpático- nuestro sistema nervioso parasimpático- a través de nuestro nervio vago dorsal- toma el control, generando una parálisis o congelamiento como mecanismo de supervivencia.
El trauma no es pasado, sino que se encuentra presente aquí y ahora, configurando nuestros pensamientos, nuestro mundo emocional, nuestro cuerpo, nuestras relaciones y en definitiva, nuestra conexión con la vida en general. Es el filtro a través del cual miramos la realidad. Es por ello que el trauma se reconoce por sus efectos y ser capaces de identificarlos, primero en nosotros mismos y luego en el cuerpo colectivo, nos puede ayudar a comprender con mayor profundidad los alcances de ciertas experiencias vividas y cómo aún hoy condicionan nuestro accionar y nuestro estar en el mundo.
¿De qué depende que un hecho nos abrume y genere un efecto traumático? Como hemos mencionado a comienzos de este escrito a través del ejemplo de la herida, de múltiples factores y la combinación de los mismos: muy intenso, muy precoz, muy prolongado en el tiempo.
En primer lugar, podemos aclarar que hay: traumas individuales por shock- como puede ser por ejemplo un abuso, una violación o un accidente-, y hay traumas individuales de apego. Éstos últimos no los podemos medir por su magnitud desde una perspectiva adulta, ya que, por ejemplo, si un bebé está solo dos horas llorando en una habitación, puede ocasionar un efecto traumático. Los traumas de apego son aquellos ocurridos durante nuestro crecimiento, en donde el sistema de corregulación no se ha podido desplegar sanamente y como remedio para no abrumarnos, hemos desplegado diversos recursos como la tensión corporal, el entumecimiento, la híper o hipoactividad, la disociación, la falta de memoria, la fragmentación, la imposibilidad de conectarnos emocionalmente, entre otros. La capacidad de autorregulación, es una consecuencia del apego seguro y la corregulación que allí se genera.
Por otro lado, existen los traumas sistémicos o transgeneracionales, es decir, como individuos dentro de un sistema familiar, estamos conectados inconscientemente con todo lo que sucedió en nuestra historia. Gracias a la ciencia que estudia la epigenética, por ejemplo, hoy día podemos confirmar que los traumas no procesados de hasta al menos hasta cuatro generaciones atrás, se manifiestan biológicamente a través de nuestra epigenética, influenciándonos en el presente de diversas maneras. Dicho de otro modo, lo que permitió la supervivencia en nuestro pasado familiar y ancestral, sigue activo y afectando nuestras vivencias y comportamientos presentes.
Finalmente, estamos en conexión con los traumas colectivos que no necesariamente implicaron a nuestro linaje ancestral, pero que como humanidad formamos parte: las guerras, las hambrunas, los desastres naturales, las pandemias, la discriminación racial, la violencia; todos estos hechos nos atraviesan en mayor o menor medida y se interconectan con nuestros traumas sistémicos e individuales.
“En mi opinión, el concepto de trauma no puede reducirse simplemente a un examen de los fenómenos biológicos o psicológicos; el trauma siempre tiene lugar dentro de un contexto social. Puede haber algunas personas que se vean afectadas directamente por un acontecimiento, y algunas otras que, aunque no sean psicológicamente afectadas de forma directa, puedan sin embargo, padecer en forma grave los efectos postraumáticos.(…) Restringir el concepto de trauma a los directamente afectados, tal como hace el diagnóstico del trastorno por estrés postraumático, es insuficiente no solo para la comprensión de los sucesos del trauma, sino también para reconocer la posibilidad de hacer algo al respecto” Franz Rupert en Trauma, vinculo y Constelaciones familiares.
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by Mora Salzman | Oct 20, 2022 | Constelaciones Familiares
“Neurocepción: Porges acuñó este término para describir las formas en que nuestro sistema nervioso autónomo responde a las señales de seguridad, peligro y amenaza vital dentro de nuestros cuerpos, en el mundo que nos rodea y en nuestras conexiones con los demás. A diferencia de la percepción, se trata de “detección sin conciencia” (Potrges, s.f), una experiencia subcortical que ocurre muy por debajo de los dominios del pensamiento consciente.” Deb Daba, La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación.
Nuestro primer recurso humano es la búsqueda de contacto, la necesidad de establecer una relación. Los adultos somos tejedores de coherencia de las infancias. Es nuestra responsabilidad ser este espacio seguro, que valide y nombre lo que sucede, que de espacio a las necesidades primarias de regulación de los niños, para que puedan crecer sintiéndose seguros y conectados consigo mismos y así, puedan desplegar redes relacionales saludables.
Siguiendo con nuestro ejemplo, si la mamá de esta niña acudió a su llamado, la sostuvo con un tono corporal relajado, se abrió emocionalmente a sentir el miedo con ella y validó su experiencia con palabras, la niña logró corregularse y volver a un estado de conexión consigo misma, pudiendo desplegar su curiosidad hacia el mundo nuevamente y llevando consigo una nueva experiencia de vida.
SI en cambio, su mamá la retó, o no estaba cerca y disponible, o se asustó mucho tensionando su cuerpo, o invalidó la experiencia diciendo frases como “no pasó nada/ ya está/ no tengas miedo del perro si es bueno/ no fue para tanto”, la niña no tuvo la posibilidad de integrar orgánicamente su experiencia y probablemente, tampoco pudo volver a sentirse segura para salir a explorar nuevamente su contexto.
Si nos criamos con patrones de conexión y corregulación saludables, habrá coherencia entre lo que nos sucede a nivel corporal, emocional y mental; estaremos en contacto con nuestra vulnerabilidad; sentiremos que podemos abrirnos y confiar en las personas que nos rodean; estaremos curiosos y abiertos al mundo, pulsaremos al ritmo de la Vida.
Si en cambio nos criamos con patrones de desconexión y sin corregulación, habrá incoherencia entre nuestro cuerpo físico, emocional y mental; intentaremos protegernos o desconectarnos de nuestra vulnerabilidad; nos sentiremos cerrados, amenazados o distanciados de los demás; estaremos indiferentes, enojados o aislados del mundo, nos lograremos encontrar la conexión con el ritmo vital.
Cuando nos referimos a estos patrones, se trata de regularidades desplegadas en el tiempo y en el espacio. Es por eso que, entre estos dos extremos anteriormente descriptos, se despliegan infinidad de matices y sutilezas, con mucho más elementos de los aquí mencionados.
Sin embargo, creo que nos ofrece una idea general para comprender la importancia vital de este mecanismo para nuestra supervivencia. Es inteligencia pura en acción. Si no tuvimos quien nos acompañe: no sentir, o salir corriendo, o volvernos agresivos, por ejemplo, fue lo mejor que pudimos hacer para sobrevivir en un contexto que no era seguro para nosotros. Este reconocimiento es una llave de acceso a lo que quedó guardado sin digerir de nuestras experiencias pasadas, porque como dice Thomas Hubl, el pasado es pasado porque está integrado, de lo contrario, es presente.
En la filosofía de Bert Hellinger podemos decir que todo lo que se excluye se repite, como una vía que encuentra la conciencia familiar para darle lugar a aquello que en su momento no lo tuvo. Esta exclusión se da en múltiples niveles: en nuestro cuerpo (tensiones, síntomas, partes anestesiadas, fragmentación, híper o hipo activación, etc.), en nuestras emociones (ira, miedo, angustia, vergüenza, desconexión, etc.), en nuestra mente (relatos personales y familiares, juicios, silencios, olvidos, desórdenes mentales, etc.), es nuestro campo relacional (incomunicación, aislamiento, dificultades en formar una pareja, conflictos, polarización y fragmentación etc.)
En los espacios que habitamos hoy como adultos, cada encuentro es una oportunidad de corregularnos. Ya sea en un ámbito terapéutico, un docente con sus estudiantes, un equipo de trabajo, un grupo de amigos o un padre con su hijo, desplegar conscientemente nuestros recursos de contacto y regulación, nos posibilita construir relaciones más equilibradas y seguras. Y cuando nos sentimos seguros, abrimos la puerta para que el pasado pueda integrarse en el presente y por lo tanto, el futuro pueda emerger.
“En cada una de nuestras relaciones, el sistema nervioso autónomo “aprende” sobre el mundo y se tonifica en hábitos de conexión o protección. La esperanza radica en saber que, si bien las experiencias tempranas dan forma al sistema nervioso, las experiencias actuales pueden remodelarlo” Deb Dana en La Teoría polivagal en terapia.
¿Cómo crear estos espacios de corregulación que nos permitan asimilar e integrar nuestras experiencias individuales y colectivas? ¿Qué recursos podemos desplegar para tejer redes de regulación colectiva que nos lleven a una mayor coherencia y alineación con la vida?
Cuando nos sentimos seguros, podemos mirarnos a los ojos, sentirnos cerca, hacer contacto, confiar uno en el otro, comunicarnos amorosamente, desplegar nuestro potencial creativo, crear redes que nos sostengan para poder digerir colectivamente lo que nos abruma individualmente.
Intentaremos profundizar en este tema más adelante, pero para ello necesitamos hablar específicamente sobre el trauma: qué es, cómo se crea y qué efectos genera individual y colectivamente.
CONTINUARÁ…
by Mora Salzman | Sep 22, 2022 | Sin categoría
4 parte
La maravilla de nuestro sistema nervioso: autorregulación y corregulación
Los niños no se traumatizan porque se lastiman. Los niños se traumatizan porque están solos con ese dolor. Gabor Maté
Nuestro sistema nervioso es un mapa sagrado, que nos conduce a descubrir el tesoro de nuestra conexión con la Vida. Gracias al funcionamiento de este sofisticado cableado interno, somos capaces de generar conexiones con nosotros mismos, de crear lazos relacionales saludables, de sentirnos seguros en el mundo que habitamos, de poder expresarnos y comunicarnos genuinamente, de sentir empatía y deseo de ayudar a otros. Como así también, gracias a esta inteligencia nerviosa somos capaces de protegernos, de desconectarnos cuando algo nos abruma y no podemos soportarlo, de defendernos del peligro o salir huyendo antes de que nos lastimen.
Comenzar a comprender su funcionamiento nos puede aportar muchísimo a la hora de comprender por qué ciertas personas responden de determinada manera ante los conflictos, cómo somos capaces de superar situaciones traumáticas sin morir en el intento; cómo nuestra capacidad de generar y sostener lazos relacionales y sociales está vinculada con nuestra inteligencia fisiológica. Nos puede permitir ver con mayor calidad cuál es la relación entre mis estados emocionales, mentales y mi accionar y cómo a su vez dicha conexión está vinculada con mi historia personal y la memoria transgeneracional.
Pero antes de profundizar sobre el trauma, nos gustaría referirme al mecanismo de autorregulación y corregulación, para enlazarlo luego con la comprensión del trauma, cómo nuestro sistema nervioso nos ayuda a sobrevivir a él y qué recursos podemos utilizar para integrarlo tanto individual como colectivamente.
Si nos imaginamos un bebé recién nacido, que estuvo nueve meses en un medio blando, calentito y acogedor, escuchando los latidos del corazón de su mamá, sin saber respirar ni comer por sus propios medios, sin haber estado en contacto con la luz o el sonido directo. ¿Qué necesitará ese ser para sentirse seguro apenas nace? El contacto con los brazos de su mamá, el sostén de su cuerpo, el sonido de su voz, el alimento de su pecho, el olor de su piel.
Durante los primeros meses de vida, el bebé no sabe que es otra cosa diferenciada de su mamá. Son ella en primer lugar y poco a poco su papá- o quienes sean sus cuidadores- los encargados de brindarle conexión y seguridad. Es mediante esta corregulación del sistema nervioso del adulto que aprendemos a autorregularnos en nuestro propio sistema nervioso. Partiendo de esta corregulación es que vamos generando una coherencia entre lo que le sucede a nuestro cuerpo, lo que sentimos emocionalmente, lo que pensamos y cómo nos relacionamos con el mundo externo.
Daré un ejemplo de lo anteriormente dicho. Imaginemos a una niña al aire libre que está aprendiendo a caminar: explorando este mundo nuevo con curiosidad y gozo, descubriendo los sonidos de los pájaros, el sonido del viento en las hojas, los colores de las flores, etc. De repente, en el medio de este placer, un perro viene corriendo a toda velocidad y ladra muy cerca de ella. ¿Qué sucede en el cuerpo de esa pequeña? ¿Cómo reacciona emocionalmente? Probablemente su cuerpo se tensione súbitamente, su respiración cambie, su corazón lata más fuerte, sus manos se transpiren, todo su mecanismo fisiológico y hormonal se ponga al servicio de la supervivencia (activando por ejemplo adrenalina y cortisol) y unos segundos después, llorará a gritos expresando su miedo y necesidad de ser alzada, sostenida, cuidada. Todos estos mecanismos explicados muy resumidamente, están al servicio de la supervivencia y ocurren sin mediación del razonamiento. Sin embargo, milésimas de segundos antes de que todo este mecanismo de defensa se despliegue, probablemente lo primero que hará esa bebé será buscar a través de su orientación y su mirada, alguien que la pueda ayudar. La búsqueda de conexión es siempre nuestro primer recurso.
CONTINUARÁ…